miércoles, 24 de junio de 2009

CANICHANA COME CURA

Los Canichanas: El pueblo enigmático de Moxos(Miguel gomez)

Hubo un tiempo en que Moxos, en lo que hoy es el departamento del Beni, estuvo bajo el mando de una etnia aguerrida como pocas. Militares indígenas diestros en el uso de los arcos y flechas. Guerreros prodigiosos que defendieron el territorio contra enemigos internos y foráneos. Así eran los canichanas de San Pedro Viejo primero y San Pedro Nuevo, después… Canichana es José Notu, anciano que lleva una gorra y unos anteojos oscuros que ocultan su mirada. Es considerado uno de los pocos canichanas de cepa, uno de los pocos nativos por el cual, dicen, “circula la sangre pura de sus antepasados”. O sea, es uno de los pocos no mestizos.

“Por allá, al sur, está la Loma de la Fundición. Allí fabricaban las campanas”. Los canichanas tuvieron también renombre por la fundición de campanas que hasta ahora suenan en los templos benianos, cruceños y hasta peruanos. “Una vez me preguntaron: ¿Va a San Pedro? Pero si ahí comen curas. Y respondí muy bravo: Ahora no comemos curas, sino monjas; y peor, ahora los curas son los que nos comen”. La práctica de la antropofagia es un mito que se ha impregnado en la historia de esta etnia. Los indígenas no se molestan por ello y sacan pecho al hablar de sus proezas antiguas. Las hazañas de su leyenda: el cacique Juan Maraza.

Érase una vez Moxos

Moxos era el territorio que los colonizadores españoles pretendían conquistar tras su arribo al Alto Perú, tras su avance en occidente y tras haber fundado Santa Cruz de la Sierra. El historiador Orlando Montenegro Melgar, de origen canichana, rememora que fue el capitán Gonzalo Soliz Holguín quien partió con 75 soldados y el padre jesuita Jerónimo de Villarnao del pueblo de San Francisco de Alfaro (hoy Santa Cruz), el que entró en las tierras de los “apachurras”, hasta los dominios de los “torocosies”, aprehendiendo a algunos que serían empleados de intérpretes. Su expedición terminó ahí, empero, el militar armó otra en el año 1624.

Entonces fue acompañado por el jesuita Jesús Navarro; sin embargo, todo acabó en fracaso, aparte de su muerte por enfermedad. La gloria de plantar la bandera ibérica en Moxos se escurrió igual de las manos de otros aventureros; los parajes inhóspitos, las plagas, las enfermedades y los indios se encargaron de ello. Pero el suelo moxeño no iba a ser conquistado a plan de armas, sino por la Biblia, el breviario y la cruz enarbolados por la Compañía de Jesús, al mando del hermano coadjutor Juan de Soto, quien inició su peregrinación en 1668 y abrió la senda para que otros siguieran sus pasos evangelizadores. Y llegaron José del Castillo, Agustín Zapata, Cipriano Barace y Lorenzo Legarda.

Ellos desembarcaron en la primera tribu moxeña el 10 de julio de 1675, fue la de los “mauremonos”, nombre que correspondía a un respetable líder indígena. Y siete años después, el 25 de marzo, en el sitio se fundó la Misión de Nuestra Señora de Loreto, con la venia de 600 almas indias; y se edificaron la primera iglesia católica y una fundidora. Se conformaron otras misiones: la de Santísima Trinidad, la de San Ignacio de Moxos, la de San Francisco Javier, la de Nuestro Señor San José, la de San Francisco de Borja, la de Desposorios, la de San Miguel y la de San Pedro de Canisianas o Canichanas, en 1697. La obra jesuítica se propagó.

Los canichanas habitaban la zona. Pero ¿siempre estuvieron allí? Montenegro abre una gran interrogante sobre el origen de esta nación originaria. “Una hipótesis bien fundamentada señala que tiene raíces tupiguaraní”. Aunque él tiene su propio planteamiento, basado en décadas de estudio. Según éste, Moxos ya estuvo habitada por culturas antiguas, a las cuales llama de las “hormigas”, porque se especializaron en elaborar promontorios altos de tierra para hacer frente a las inundaciones. “Los hormigueros aumentaban de tamaño y hubo una catástrofe hace 5.000 años atrás, lo que los llevó a habitar las zonas aún más altas”.

Algunas lomas de tierra de la región tienen más de 1.800 años de antigüedad, ello refuerza la investigación de Montenegro, para quien las tribus locales de esa época resultaron influidas por sus pares del lado brasileño. “Fueron después avanzando por los ríos y se apropiaron de los hábitats. Los canichanas se remontan a esos orígenes”. El antropólogo Wigberto Rivero Pinto adiciona que desde los inicios de la colonización española en Moxos se sabe de los canichanas, y las iniciales y ulteriores experiencias de contacto los describen como “aguerridos y extremadamente belicosos” porque atacaban a los indios cayubabas y los itonomas.
¿los indios caníbales?

Los canichanas vivían a lo largo del río Mamoré, al lado noreste respecto de los moxeños. Según los miembros de esta etnia en la actualidad, su nombre puede derivar de la palabra “caníbal”, ya que en tiempos de los jesuitas y los curas llegaron a ser tildados de antropófagos. El nativo Zenón Espíndola cuenta que eran conocidos por colgar los intestinos de sus enemigos muertos en las ramas de los árboles, e incluso comían a los sobrevivientes de las guerras en sus ritos. Para Montenegro, ello no está demostrado, aparte que el término canichana se pronunciaba inicialmente canisiana. “Se desconoce el origen de la palabra y no se ha podido definir su significado”.

El expedicionario francés Alcides de d’Orbigny los describió como personas altas, de aproximadamente dos metros de altura. Entre los más antiguos, resultó famoso el nombre de Santos Chayana, un canichana que enfrentaba las embestidas de los toros, a los que tomaba de las astas y los tumbaba. “Ellos tenían esa fama: de ser grandes, feos, peleadores, temidos, siempre tuvieron su temperamento y aires de arrogancia con los demás puesto que se sentían superiores. Parece que con el tiempo todos nos hemos achicado”, comenta entre risas Montenegro. Así eran los canichanas que en 1693 acabaron seducidos por la palabra de los emisarios del jesuita Zapata.

Este párroco conocía del aura camorrera que rodeaba a estos indígenas, pero aun así insistió en contactarlos y reducirlos al cristianismo. No obstante, en su diario afirma que nunca fue atacado y más bien gracias a los datos prestados por ellos logró situar río abajo a los cayubabas, a los que más tarde llevaría el mensaje de Dios. Fue el padre Antonio Peñaloza el que habló de caníbales ocaribes o canichanas: “Sorteaban entre ellos para saber a quiénes se comerían, junto al desafortunado también se comían sus hijos. Estas salvajes costumbres fueron echadas al olvido luego de su conversión al cristianismo”.

Fundada la Misión de San Pedro, en el año 1697 por Lorenzo Legarda, ésta fue trasladada en dos oportunidades por inundaciones, epidemias de viruela e incendios, hasta situarse donde hoy radica, tal como establece Rivero: entre la desembocadura del río Tijamuchí en el Mamoré y hasta la confluencia del río Apere con el Cabitú. En su vida con los misioneros, los canichanas abandonaron su vida ceñida a la familia para dar lugar a la creación pueblos y adoptar a la ganadería y la agricultura, sin dejar de lado sus dotes de cazadores, pescadores y recolectores. Unos 2.000 indios impulsaron el arribo de la época de oro con la fundición de sonoras campanas.

Estos artículos fueron repartidos por todo Moxos, por Santa Cruz y hasta por el Perú. La paz reinó en el territorio hasta que los jesuitas fueron obligados por la Corona española a abandonarlo, en 1767. Los ibéricos ya habían copado el sitio, sobre todo Trinidad y Loreto. Montenegro señala entre las causas de la salida de los jesuitas su creciente poderío político y económico; la necesidad de los colonizadores de utilizar brazos esclavos en diferentes industrias, algo a lo que la Compañía de Jesús se oponía por su condición; y la competitiva industria que en las misiones florecía con los padres, los que también habían sido expulsados de Portugal y Francia bajo los mismos alegatos, y España no quedó ajena a todo esto.

Los futuros ingresos huelen a tamarindo

Los árboles son benignos con sus frutos en la comarca de San Pedro Nuevo, y ahora también pueden otorgar ingresos económicos a las lugareñas. Una de ellas es Zuleide Vilches, quien aprovecha el tamarindo que florece en el patio de su vivienda. Desde noviembre del año pasado, y tras haber sido capacitada por estudiantes de la Universidad Técnica del Beni, ella elabora conservas con este alimento. El producto es apreciado en la región porque incluso reemplaza el sabor del azúcar. Cada kilo de la mermelada de Vilches cuesta 25 bolivianos, y la mujer habla emocionada al explicar los secretos de la preparación.

Por el momento, ella ha conseguido acomodar su producción sólo entre los de su aldea y en la capital Trinidad. “Solamente somos dos las que hacemos esto, pero no tenemos mercados seguros”. El dinero que ingresa en sus bolsillos es bien recibido para alivianar las cargas económicas de su hogar. En noviembre de 2008 estaban invitadas para comercializar sus productos en una exposición de la casa de estudios superiores de la urbe trinitaria, pero vieron menguado su entusiasmo cuando les informaron que cada caseta debía ser alquilada. “Era mucha plata, por esa razón preferimos seguir vendiendo así nomás, al raleo”.

El tamarindo tiene futuro en San Pedro Nuevo, allí incluso llegan camioneros cruceños que intercambian mercadería por el alimento, lo que se llama “cambalache”. Sin embargo, así como el de Vilches, hay otros proyectos que sufren por la falta de apoyo estatal en la búsqueda de nichos donde acomodar la producción, motivo por el cual muchos se han topado con el abandono a los pocos meses de su creación. “No somos tomadas en cuenta. Por ejemplo hasta ahora nunca vino alguien de la Prefectura o del municipio de San Javier para preguntarnos en qué podemos generar dinero, cómo podemos ayudar a nuestras familias”.

Lo mismo pasa en el campo de las artesanías, especialmente con las mujeres que se dedican a los tejidos de algodón, tela y fibra vegetal. Jackeline Cortez ocupa su tiempo en este rubro, aparte de cumplir con su labor de dirigente. “Éste es un bolso que se hace con un hilo denominado cola de rata”, explica mientras muestra su última creación colorida. Ella es también integrante de una pequeña asociación de hilanderas que se activa cuando llega la fiesta patronal, en junio, y elabora trajes y adornos para la cita. Después cada una trabaja por su lado. En su lista de demandas está que el Gobierno les abra mercados.

Las actividades económicas entre los canichanas son de subsistencia; más todavía tras la elevada inundación del año pasado que destruyó el pasto del ganado y las tierras de la agricultura. El antropólogo Wigberto Rivero Pinto sostiene que esta etnia tiene como principal labor productiva la agricultura, con las siembras de arroz, maíz, frijol, yuca y plátano. “Una parte es destinada al autoconsumo y la otra para la venta a las estancias que rodean sus aldeas”. La caza, la pesca y la recolección son tareas tradicionales complementarias, aparte de la venta de su fuerza de trabajo como peones en las propiedades ganaderas circundantes.

Los planes productivos en San Pedro Nuevo o son olvidados o mueren apenas iniciados por la falta de incentivos de sus impulsores, entre los que se hallan las dependencias estatales y las organizaciones no gubernamentales. Uno de ellos es el proyecto de la cosecha de yuca anunciado con bombos y platillos hace dos años por la comuna de San Javier pero que hasta hoy no es implementado. Cortez manifiesta que han averiguado que éste resulto ser “sobrón” de programas apoyados en otras localidades. “Y por si fuera poco ahora nos salen con que se va a cambiar el objetivo para el plantado de arroz”.

Los predios se hallan listos para el arado, empero, no arriba la maquinaria comprometida por el municipio. Sea yuca o arroz, el plan solamente ha pasado a ser otra promesa incumplida. “Nos dijeron que venían para septiembre y en vano los hemos esperado. Nos aseguraron que todo estaba financiado, pero no sabemos dónde está el dinero. Los tractores tenían que venir a desmontar los terrenos… Al final ya nos hemos dado cuenta, tampoco somos tontos, son mentiras”, critica uno de los sampedreños más respetados, José Notu. Luego el anciano prefiere no hablar más del tema y se sienta en su mecedora.

Para colmo, la tradición ganadera de los canichanas de esta zona también se halla en peligro por la supuesta venta ilegal del ganado y las dos estancias que eran compartidas con los ex representantes eclesiásticos de la iglesia de su villorio. “Son contados los que tienen algunas cabezas, y aparte que los campos resultan anegados por las inundaciones de cada año. Es preocupante el futuro económico de mi pueblo”, resume el indígena Zenón Espíndola. Aunque para Vilches todavía hay esperanzas, sobre todo si éstas tienen el olor de los tamarindos que crecen en su vivienda de San Pedro.

Sin estancias ni ganado

Los miembros de esta etnia habitan el municipio de San Javier, entre la desembocadura del río Tijamuchí en el Mamoré y la confluencia del río Apere con el Cabitú. Los recursos naturales de la región son ricos, como en toda la amazonia. La explotación forestal irracional por parte de indígenas y terceros ocasiona problemas ambientales en este ecosistema

La bronca hacia ellos sale a relucir en sus charlas. Cuando uno habla con los canichanas de San Pedro Nuevo, ellos están presentes en sus desaires y amarguras. Ellos visten de color café o blanco. No todos ellos están prohibidos de pisar suelo sampedreño, tal vez porque los indígenas saben que no todos ellos son culpables. Ellos no son vistos como antes, sino que ellos son vistos con recelo y rabia contenida. Ellos son unos cuantos que los han dejado cercados por extraños y casi sin ganado. “Pero si son ellos, los curas nos han traicionado por las tierras”, sentencia Leonor Zabala, ex secretario de Tierras.

Sobre la tenencia de predios agrarios para el sostén económico, el antropólogo Wigberto Rivero Pinto señala que los hacendados que rodean a los miembros de esta etnia han alambrado las propiedades, limitándoles el acceso a su territorio y sobre todo a la tenencia de tierra. “Los canichanas han presentado una demanda de Tierras Comunitarias de Origen con una superficie de 34.180.982 hectáreas, que ha individualizado el área solicitada por comunidad”; esta superficie se sitúa en la segunda sección de las provincias Cercado y Yacuma del Beni y fue aceptada por el Instituto Nacional de Reforma Agraria.

El historiador Orlando Montenegro Melgar manifiesta que la exigencia inicial de esta nación originaria abarcaba 91.128 hectáreas. Y el sampedreño Zenón Espíndola comenta que aún hay conflictos con los ganaderos que los rodean y con los campesinos asentados en la zona. Aparte, los canichanas, para obtener un pedazo de tierra y destinarlo a la producción, lo solicitan a la Subcentral de San Pedro Nuevo, la que otorga el aval para que se lleve a cabo la posesión dentro de la tierra comunitaria de origen. “No se paga impuestos. Si uno pide 100 metros, se los dan, y sólo tiene que alambrarlos y construir ahí su casita”.

Rivero explica que los canichanas habitan el municipio de San Javier, entre la desembocadura del río Tijamuchí en el Mamoré y la confluencia del río Apere con el Cabitú. “Los recursos naturales de la región son ricos, como en toda la amazonia. La explotación forestal irracional por parte de indígenas y terceros ocasiona problemas ambientales en el ecosistema del sector”. Por los bosques de San Pedro Nuevo existen productos madereros, como palomaría, ochoó, tajibo, roble… Y los indígenas tenían un bolsón de reserva de madera para el armado de sus hogares, empero, ya fue carcomido por los aserraderos.

No obstante, gran parte de las reservas forestales, de fauna y de flora que poseen en los alrededores les ha sido vedada desde que ellos vendieron, supuestamente a sus espaldas, estancias y ganado. Como dice Zabala, ellos son los curas. ¿Qué pasó? Montenegro y Espíndola… todos los canichanas entrevistados explican lo sucedido. Resulta que la tradición ganadera de esta cultura tiene su génesis en el desembarque de los jesuitas y la creación de San Pedro, en el año 1697. Entonces, y a pesar de las inundaciones, el poblado fue como un “buen papá”: repartió reses a las comarcas de las misiones católicas.

Así pasó aun cuando los miembros de la Compañía de Jesús los dejaron y asumieron el control de los templos los padres representantes del Vicariato de Moxos, hoy Beni. Sus tierras de pastoreo y su ganado fueron creciendo con los años. Tanto sacerdotes como canichanas tuvieron que ver en esto. Pero al volver de la Guerra del Chaco (1932-1935), los indígenas vieron que su tesoro vacuno había sido despilfarrado y saqueado. Y se comenzó de nuevo. Montenegro dice que se donaron 150 cabezas a la iglesia, y éstas fueron multiplicándose. Había incluso un “partidario” que vigilaba la parte que correspondía a los originarios.

El historiador reseña que un ganadero de la zona compró hectáreas en la zona y las donó a cambio de que el ganado pasara a manos del sacerdote Pedro Chavarría. Los curas no pararon con las ventas de reses; eran los únicos que se beneficiaban con esto. “Hasta que los canichanas se acordaron que el hato igual era suyo, en 1971”. Espíndola recuerda que había unas 15.000 cabezas en la estancia. Y ante el plan de un padre para venderlo todo, los lugareños exigieron “su mitad”. La partición duró un decenio e involucró al Vicariato del Beni y el templo de San Pedro que firmó por los canichanas. Un grave error.

Las transacciones con la carne de los animales continuaron, dentro y fuera del país. Con el tiempo llegaron dos estancias: San Josecito y San Roque, las que eran mal administradas. Y en una jugada que tomó desprevenidos a los sampedreños, el Vicariato del Beni vendió estancias y reses a inicios del siglo XXI; incluyendo la parte indígena, ya que la parroquia de San Pedro depende del Vicariato. Luego, los canichanas instalaron una huelga en la basílica de Trinidad, pero fueron reprimidos por los policías. Perdieron todo; más aún, hoy tienen a extraños en sus alrededores y quedaron sin ganado. “Por confiados”.

Los altos cargos de la Iglesia Católica en la región han archivado el caso. A la par, los canichanas, tras años de reclamo y no conseguir eco en autoridades, han preferido también archivarlo en sus malos recuerdos. “Dios sabrá al fin y al cabo quién tuvo la razón”, señala Zabala. Por todo esto, ellos, los curas, son vistos con desconfianza en San Pedro Nuevo.
Profesionales indígenas

De acuerdo con el antropólogo Wigberto Rivero Pinto, la lengua canichana está categorizada con el término de “no clasificada”, y tiene “sonidos guturales y se encuentra conformada por sonidos compuestos por consonantes unidas como la jl”

Los niños siempre reservan una sonrisa para los visitantes en la localidad de San Pedro Nuevo. Jonatan no es la excepción. Él asiste a la Unidad Educativa Juan Maraza y cursa el nivel básico. “Me gusta estudiar y jugar con los amigos que tengo”. Habla y expone los materiales escolares que le regaló su abuela, una recicladora empedernida que le fabricó archivadores y forros de carpeta con insumos como corteza de plátano, cartón prensado, espinas de puerco espín, plumas de aves y semillas. “Es para que no extravíe sus útiles, para que los reconozca fácilmente porque mucho los hacía perder”, arguye Elba Espíndola.

En la comarca, informa el profesor Ignacio Landívar, hay 20 educadores, contando con la portera, y aproximadamente 186 alumnos que asisten al centro que brinda enseñanzas hasta secundaria. Hay dos sistemas vigentes: el formal, en el que el año pasado egresaron cuatro bachilleres, y el Centro de Educación Alternativa, al que se acogen las personas mayores que no pudieron culminar sus estudios en su juventud y que en 2008 tuvo cinco titulados. Además, se aplica el modelo de alfabetización cubano “Yo, sí puedo”, al cual se atienen generalmente ancianos que no han declinado sus deseos de superación.

“Nuestras principales necesidades son por lo menos la provisión de dos ítems más, uno para que sea contratada una secretaria porque el colegio crece con el pasar de los años. También requerimos que nos actualicen la biblioteca porque los libros son muy obsoletos”. La unidad educativa tiene equipo electrónico de sonido y hasta sala de computación; no obstante, éstos son “elefantes blancos” que no pueden ser utilizados por la falta de luz artificial. “Hasta 2007 teníamos un motor que nos dotaba de energía permanente, por lo menos para las clases nocturnas de los estudiantes, hasta que se quemó y no hay quién lo arregle”.

La escuela luce una infraestructura casi nueva a pesar de sus más de diez años de vida. Allí vive la cuidadora Ana Caumol, quien es integrante de la etnia beniana de los movimas. Ella muestra un pozo cavado en el patio. “Están intentando hallar agua que no sea salada. Han zanjado 100 metros y nada. Dicen que donde hay motacú siempre sucede ello”. Del hallazgo depende la edificación de los baños en el sitio. A un extremo yace el motor inservible del que hablaba Landívar; nadie puede subvencionar el diésel que gasta. Y en el techo resalta un panel solar que se abastece de energía para alimentar los focos empleados por la noche.

En los cursos hay cartulinas que hacen referencia a la lengua canichana. Papá se dice tíshí, mamá se pronuncia taná… Zenón Espíndola, canichana que radica en la capital Trinidad, sostiene que hay errores en las láminas. “No enseñan bien la pronunciación y la escritura de nuestro idioma”. Al respecto, Landívar señala que la educación bilingüe está vigente en el establecimiento. “Hay una profesora que se está especializando en el tema. Es la única que enseña a los niños y jóvenes en ese sistema hasta intermedio, porque cuando los alumnos ingresan en el nivel medio dejan el canichana y se preparan a aprender el inglés”.

La meta de los miembros de esta nación originaria es desenterrar el lenguaje que ayudaba en la comunicación a sus antepasados. “Todavía se puede lograr ello porque hay algunos ancianos que lo conocen y pronuncian muy bien. Es una deuda que tenemos con nuestra cultura”, comenta esperanzado Espíndola. De acuerdo con el antropólogo Wigberto Rivero Pinto, la lengua canichana está categorizada con el término de “no clasificada”, y “tiene sonidos guturales y se encuentra conformada por sonidos compuestos por consonantes unidas, como jl, tz, ts; y las palabras generalmente terminan en vocales y utilizan la j española”.

Los muchachos que salen bachilleres deben lidiar con el dilema de viajar a Trinidad para continuar con sus estudios o ayudar a sus familias para lidiar con la pobreza imperante. Pocos son los que pueden elegir la primera opción. No obstante, hay casos de canichanas que han triunfado en el campo profesional, como Orlando Montenegro Melgar, quien radica en la capital beniana y desempeña sus tareas como médico y cirujano plástico, sin descuidar el interés por sus raíces, lo cual ha promovido en él la investigación histórica. “Como mí, hay muchos que han tenido éxito en sus cursos universitarios y su profesión”.

Montenegro recuerda que la primera Escuela de Bellas Artes de la región se instaló precisamente en San Pedro Nuevo. “Se trajo a niños de varios pueblos. Fue una especie de internado para que aprendan música, tejido… pero se perdió ese incentivo. La mayoría de los hoy titulados se formaron porque antes la escuela valía tanto como las clases en la universidad. Y los que llegaron a Trinidad se inscribían en el Colegio 6 de Agosto; de esa época nacen muchos de nuestros primeros profesionales. Entre nosotros siempre hay deseos de superación. El canichana es inteligente; sin embargo, generalmente la pobreza determina su vida”.

Los brebajes ancestrales

Las lluvias son las principales portadoras de calamidades en la región. Eso no ha cambiado desde la antigüedad, cuando las inundaciones fueron focos de epidemias como la de la viruela, la cual provocó que los canichanas emigraran varias veces en busca de terrenos más altos. En 1771 esta enfermedad casi extinguió a los miembros de esta etnia

En la aldea canichana de San Pedro Nuevo no existen médicos naturistas. “Ellos curan supuestamente con hierbas y cáscaras de plantas, pero no los necesitamos porque los que sabemos las enseñanzas de nuestras madres aplicamos estos remedios caseros”, señala Elba Espíndola. La mujer combate con cáscaras de la planta del characo y de la sábila el reumatismo que le quita lentamente las fuerzas. “Con eso nomás me curo. Tomo mates y estoy mejorando. Debo tener que verle su fin a lo que hago”. En el patio de su casa tiene una variedad de árboles a los que atribuye poderes sanadores. “Si no pasa nada con esto, recién voy al médico”.

El minihospital de la localidad está a cargo del doctor Romi Mira Apaza, quien cumple funciones desde agosto del año pasado. “Este centro se halla equipado al 95 por ciento para brindar las atenciones médica y de enfermería”. Allí ya se ha comenzado a aplicar el Seguro Universal Autonómico del Beni y el sitio cuenta con un filtro que purifica el agua de lluvia. “Necesitamos unas dos personas más para poder garantizar los turnos de fin de semana, sería un ítem de salud y otro de limpieza. Es que a veces junto con la enfermera doblamos nuestros horarios para no dejar a los comunarios sin tratamiento; necesitamos un auxiliar”.

Las lluvias son las principales portadoras de calamidades en la región. Eso no ha cambiado desde la antigüedad, cuando las inundaciones fueron focos de epidemias como la de la viruela, la cual provocó que los canichanas emigraran varias veces en busca de terrenos más altos. En 1771, por ejemplo, esta enfermedad traída por las aguas casi extinguió a los miembros de esta etnia, junto al ganado y los sembradíos. Es así que, según el sampedreño Zenón Espíndola, se habilitó la isla Guaramo (tamarindo dulce), adonde eran enviados los infectados para evitar contagios y morir desangrados cuando se les caían los puntos morados.

Mira Apaza informa que los males en la zona dependen de la época. En las lluvias y surazos, cuando comienza el invierno, prevalecen las infecciones respiratorias agudas. En el verano, cuando el agua escasea y los comunarios recurren a la que está presente en los manantiales cercanos, sobresalen las enfermedades diarreicas, léase disenterías, amebiasis, asqueriasis, teniasis… “Consumen líquidos contaminados por desesperación, aunque sean de color chocolate, y manipulan sin higiene los alimentos por la ausencia de agua”. En tiempos de calor llegan los problemas dérmicos, y se han presentado algunos casos de tuberculosis.

En cuanto a equipos, el galeno solicita la dotación de un balón de oxígeno, una cuna para bebé y lo más importante: un generador de luz eléctrica. Por esta carencia, muchos de los elementos tecnológicos, incluyendo el aire acondicionado del centro, son inservibles, salvo las cámaras de frío que han sido transformadas para funcionar a gas, empero, San Pedro no figura en el mapa de los camiones repartidores de garrafas. Y esto deriva en más peligros. “Hay una máquina de esterilización que no sirve sin energía, y por más antibiótico que empleemos, hay el riesgo de infecciones por los instrumentos que no están bastante limpios”.

Los pacientes que requieren tratamiento más especializado no tienen otra que viajar al hospital de Trinidad; una agonía si se toma en cuenta la falta de transporte en territorio sampedreño. En esos casos, muchos prefieren dejar su vida en manos de la medicina tradicional, y precisamente Mira Apaza busca estrechar lazos con los encargados de aplicarla; aunque el doctor admite que falta capacitación en este tema. No obstante, se dan los primeros pasos para coordinar el trabajo con las parteras de San Pedro, quienes fueron anexadas al sistema de salud a cambio de que comuniquen al galeno cuando vayan a una casa a desempeñar sus tareas.

Elba Espíndola prefiere regirse al menú de medicamentos que sus ancestros elaboraron para beneficio de sus próximas generaciones. Cuando habla de estos supuestos brebajes milagrosos, demuestra que es una entendida en la materia. “Para la diarrea, por ejemplo, utilizamos las plantas del guayabo y la cáscara de tarumá, y hay otros que emplean una hoja espinosa llamada chichapí, que mezclada con la que viene del palo diablo, a la cual se arriman cientos de hormigas, es un santo remedio. Eso les damos a los niños”. Igualmente confía en el ambaygo que cura la tos, y la colorida flor del suchi que amaina las dolencias cardiacas.

“A veces experimentamos con las plantas que nos recomiendan las indígenas de otras etnias”. Y generalmente las pruebas dan resultados satisfactorios. Así pasó con el mate de hoja de manga, pócima moxeña para lidiar contra el insoportable dolor de muelas. “Una vez recomendé usarlo a un varón que no aguantaba la molestia. Se enjuagó la boca con la preparación y se le pasó. Y anoté este secreto a mi recetario personal. Hay que aprovechar todo lo que tienen los árboles, ellos no sirven sólo para cubrirnos del sol. Hay que conocer para qué sirve cada parte, cada flor, cada planta”. Y Elba Espíndola sabe muy bien de ello.
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